viernes, 9 de noviembre de 2012

1. E la nave va!

La fecha real de esta entrada es el 20 de Octubre de 2012

Es difícil saber cuando empieza un viaje. Podríamos decir que cuando salimos de casa hacia el aeropuerto o pensar que ya estás viajando el día que empiezas a planearlo. Si nos ponemos puntillosos se puede decir que El Viaje comienza cuando en la infancia miras un globo terráqueo y piensas que algún día visitarás esas tierras de nombres exóticos como Tierra del Fuego, Madagascar, Kuala Lumpur, Albacete, Montevideo...  Filosofías baratas aparte y para resumir, empezaré desde el momento en que abandoné la comodidad de la ciudad condal.


Es curioso ponerse en marcha para un viaje de tamaña embergadura en la soledad de la madrugada, paseando la mochila por las calles desiertas, como un fugitivo que escapa. El hecho de no haberme metido en la cama esa noche predispone la cabeza a pasar por la experiencia centrado en los aspectos más prácticos puesto que el cerebro anda en la reserva y es mejor utilizar el combustible sabiamente, sin excesos emocionales, que gastan mucho y contaminan un montón. En este estado pasé el miedo a las fronteras, intenté dormir los kilómetros y llegué a una Buenos Aires que llovía y llovía como el tango en una tarde gris. Eloiza me esperaba en el aeropuerto después de meses de planes pixelados y aún hoy, días después de ese encuentro, tengo sensaciones momentáneas de encontrarme caminando junto a un holograma. Finalmente pernoctamos en un albergue junto al obelisco. Ya había visitado Buenos Aires hace años y por eso no sucumbimos a la tentación de empaparnos bajo la lluvia porteña. Nos acostamos temprano, nos levantamos igualmente temprano y nos fuimos al puerto a pasar la última frontera: el Río de la Plata

En la aduana del puerto el policía que revisa los pasaporte y decide tu destino me hizo un sutil interrogatorio por la vía rápida. Mi guitarra al hombro le dio pie a empezar una distendida conversación sobre el estilo de música que me gustaba tocar y finalmente qué me traía por Uruguay. Le respondí diligentemente pero con alegría, le dije que me buscara en youtube dándole mi nombre artístico y le aclaré que el motivo de mi visita era para ver de nuevo a mi querida novia que a mi lado me agarraba amorosamente del brazo. Enternecido por la improvisada historia de amor nos dejó pasar y lanzó una broma sobre cómo vienen los extranjeros a levantarse las minas del paísito. Más pelotudo no hay.

Por fin me encontraba en tantas veces imaginado barco que me llevaba al destino final. La lluvia de la noche anterior se había quedado en una llovizna suave y constante y mis planes de pasar el trayecto en la cubierta respirando el aire rioplatense y fumando como una chimenea se trocaron en ensimismada contemplación de las aguas marrones del río. El trayecto duró poco más de una hora puesto que el barco no llegaba a la capital sino a Colonia. A la salida del puerto nos esperaba el autobús que nos llevaría fianlmente a Montevideo. A los pocos minutos, una vez fuera de la pequeña ciudad, se hizo patente que los tópicos no son siempre falsos. Dos horas de llanura verde con sus vacas, caballos y palmeras. Ya en la que es la autopista más transitada del país se percibe lo que la capital confirmará: no hay tráfico. La recién estrenada autopista tiene dos carriles por cada lado y el tráfico es fluido por escaso. La noche en el hostal de Buenos Aires no fue suficiente para recuperar el sueño perdido en el viaje, así que mi llegada a la capital la percibí en un estado de fuerte emoción que no tiene fuerzas para hacerse notar demasiado.

Montevideo es la capital pequeña de un país pequeño. Desde las afueras de la ciudad hasta la estación de autobuses no hay un gran trayecto y pese a lo que cabe esperar no se cruzan barrios marginales como en casi todas las capitales del mundo. Por supuesto se cruzan algunas "villas miseria" pero todo está a escala, las afueras de París son mucho más deprimentes. Salimos de la estación y caminamos hasta casa. A las cinco de la tarde Montevideo es una ciudad ajetreada. Se hace patente al instante que uno está en Latinoamérica. Hay vendedores ambulantes por todas partes, tiendas de toda clase, mucho caminante con su mate y su termo, colegiales con su bata blanca y patriótico lazo celeste al cuello... Las aceras están deterioradas por las raíces de grandes y añosos árboles que verdean las calles. La arquitectura es variada y destacan los edificios de estilo colonial. Son casas que muy rara vez suben hasta el cuarto piso, que vieron años más felices y que desprenden cierto romanticismo discreto. Acorde con lo que llevo averiguado del carácter local, el uruguayo tiende a la melancolía pero se defiende con un humor persistente y salvador. En cierto modo la ciudad refleja este esquema como el perro se termina pareciendo al dueño y viceversa.

Llegamos a Maldonado esquina Convención. Es un edificio antiguo de dos plantas, es hermoso y está en plena remodelación. Habitaciones grandes, balcones, terraza con vistas al río, bar enfrente, compañeros de piso simpáticos, gato y polvo de obra... Estos dos últimos ingredientes sumados al polen primaveral me tienen la alergia en pleno jubileo. Estoy buscando hogar y quizás este fin de semana ya me mude a otro lugar que me cueste menos en clínex y antiestamínicos.  Por el momento me instalo, damos una vuelta y terminamos cenando en el bar de enfrente a modo de fiesta de bienvenida.

En esta se encuentran únicamente Eloiza y Lola Díez, esta última compañera de piso francesa de padres españoles. Su aspecto es el de una ocupa que se está reinsertando pero todavía le quedan el peinado y las mallas. Es una chica menudita, divertida e inteligente, de ojos azules grandes, despiertos y asexuados. Está esperando a su novio para ir al teatro. Después de mucha espera y un intercambio de mensajes de texto se da cuenta de que la cita para el teatro es para el día siguiente. Se queda con nosotros. Hablamos mientras comemos un chivito a la canadiense de proporciones bíblicas. Es la primera comida consistente en varios días y la disfruto, tanto que tenemos que salir a pasear por la rivera para hacer la digestión. 

El río está a dos cuadras de casa y después de unos minutos caminando por el paseo nos sentamos a fumar. La imagen es la de cualquier costa marítima pero hay algo extraño. Después de un rato caigo en la cuenta: no huele a salitre, a sal. Es agua dulce y estar en una orilla que parece un mar pero no huele a mar es una experiencia extraña como tantas otras cosas estos días. Todo es igual pero es diferente. Bebo y como con amigos, paseo, duermo, voy al super... vida normal en la que hay variaciones más o menos sutiles que te recuerdan a cada minuto que estás en la otra punta del mundo... como si hiciera falta! Antes de volver a casa pasamos por un bar muy cercano en el que estaban pasando el último disco de Dylan, la cerveza no era cara y el aspecto del público prometedor. Me prometí volver y ahora estoy escribiendo desde allí.

Muchas más cosas han pasado estos días. Estoy en el proceso de construir rutinas, abrir caminos, hacerme con el entorno y en definitiva, aprender a vivir sin la seguridad de lo conocido y los que te quieren. Puede que pase por momentos difíciles pero es muy emocionante. Os echo de menos a todos y me duele saber que estáis lejos, pero sabed que estoy feliz y lleno de ilusiones. Otro día lo escribo más de risa, con menos resaca y menos jet-lag.

Besos, abrazos y carantoñas a diestro y siniestro.

Victor


2 comentarios:

  1. primero me enganche a leer , al Andaluz y ahora este ^^, espero que estés bien.

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    1. Gracias por el cumplido! Encantado de tenerte por aquí y de leerte. Un saludo!!

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