jueves, 11 de abril de 2013

7. Zas! En toda La Boca!



En la tarde del sábado estaba en mi casa de la Boca con un director de cine italiano y un travesti de profesión relojero que canta lírico ensayando un tango que me encargaron componer para un cortometraje en el que actuaré de guitarrista y haré de sonidista mientras pensaba en la manera ideal de ponerlo por escrito. Me pareció demasiado complicado y desistí.


Así que aquí estoy, en Buenos Aires. Había esperado en Montevideo tres tediosas semanas hasta que por fin pude encontrar una manera de trasladar las cosas con el menor impacto posible a mi bolsillo. Estar solo en una ciudad es carísimo, especialmente si no tienes un lugar en el que estar cómodo. Así que me levantaba casi a mediodía, me iba a la biblioteca hasta que cerraban a las siete de la tarde. Iba a casa a seguir leyendo, escribiendo y mirando porquerías en internet hasta que la necesidad de conversación me llevaba al bar musical que había cerca de casa. Allí me mezclaba con músicos, camareros y otras aves nocturnas. Todo ello en detrimento del ánimo, la salud y la economía personal. Finalmente emprendí viaje y me llevé de Uruguay unos cuantos buenos recuerdos, todos asociados a la gente que me tocó en suerte encontrar: El Cable, Fernando, María, Lourdes, la gente del Shannon, Jesus y María del almacén, los del piso... También me llevé unos cuantos de los malos, pero no quiero dedicarles ni esta frase.


Una vez más crucé el río de La Plata. Sobre las diez de la noche llegué a mi nuevo emplazamiento en La Boca y me encontré con una fiesta que se alargó hasta el amanecer. Venía con la tensión de la espera en Montevideo, el cansancio de la despedida uruguaya y el nervio aflojado por haber pasado la frontera sin incidentes. Ni que decir tiene que la pizza casera, el vino , el whiskey del duty free, la verborragia porteña y la jam musical que se formó, ayudaron considerablemente a levantarme el ánimo. No era una fiesta en mi honor, pero me tomé la libertad de considerarla como tal.  Insisto: se comió, se bebió, se cantó y se bailó en buena compañía. Qué más se puede pedir.

El día siguiente lo empecé mucho más temprano de lo que mi cuerpo necesitaba. Había quedado a media mañana para firmar el contrato del alquiler. En el bar de abajo desayuné un café perfecto excepto por el sabor. Sabía a paño de fregar mesas pero resultó utilísimo para atenuar la resaca y aflojar unos intestinos que hacía días que estaban tan tensos como yo. El casero llegó puntual, me miró de arriba abajo, apenas disimuló la mala impresión que le di y decidió no hacer comentarios porque estaba más preocupado por el parné que tenía que soltarle que de sermonear europeos. Leí el contrato en diagonal, firmé y apoquiné. Tras una ducha y un discreto asado me retiré a mis aposentos a dormir lo que dejé pendiente a la mañana.

En los días siguientes me dejé arropar por los compañeros de piso. Somos seis viviendo en un gran conventillo reformado. Cada uno ocupa una habitación amplia y disfrutamos de una zona común grande y luminosa. Gran parte de los suelos, paredes y techos son de madera. Abundan las claraboyas que dejan pasar la luz natural. y hace que el pasillo que llega hasta mi habitación me haga recordar a un camarote de barco. En el alquiler se incluye el pago a una señora que viene cada semana limpiar, así que la casa está siempre en perfecto estado. Es una casa tranquila y nos sabemos respetar, nos cocinamos y nos ayudamos en lo que esté de nuestra mano. Los utensilios de cocina están segregados en uso vegetariano y omnívoro. Los que pertenecemos al último grupo intentamos no hacer churrascos a la plancha cuando andan cerca los pertenecientes al primero igual que si hay que cocinar para todos se evita el bicho muerto.

Una característica común de los habitantes este conventillo es la relación más o menos directa con el arte. Laura, Inti y un servidor ocupamos las habitaciones del ala norte, las que dan al balcón que hay en la fachada decorada. En esas habitaciones suenan dos pianos, una flauta travesera, un saxo, un clarinete, bajos, guitarras y algunos cacharros más. El ala este está ocupada por Emilia y Swann, ambos dedicados a las artes plásticas. Ella pinta filete y él acaba de empezar la escuela de arte. En el lado oeste queda Manas, antigua abogada dedicada en la actualidad a la búsqueda espiritual con el yoga, la meditación y otras cosas que se escapan a mi entendimiento pero que en mi modesta interpretación viene a ser una búsqueda parecida a la que otros hacen con el arte. Este equipo da para conversaciones que en ocasiones se alargan hasta bien entrada la noche delante de una botella de vino y que en ocasiones terminan en concierto improvisado. Hay que tener en cuenta que la tolerancia al ruido nocturno es elevado en en esta ciudad y en este barrio más especialmente. Se puede montar un grupo espontáneo de músicos en una esquina y pasar tocando hasta el amanecer sin que los vecinos se quejen. Lo de llamar a la policía por ruidos es poco más que un chiste.

Estos días también he podido disfrutar de la compañía de Ariel, Valentín, Natalia, la China y otros amigos antiguos y nuevos que me enseñan la ciudad y su funcionamiento. No es difícil pero es diferente. Buenos Aires es como dos veces Madrid. El otro día tardé una hora y media en llegar a una cena con Ariel. Es como ir de Barcelona a Tarragona a tomar algo y luego volverte. De todas maneras la Boca es un barrio muy céntrico y puedo llegar caminando a San Telmo o 9 de Julio en media hora.

De momento me estoy organizando la vida aquí y en breve, cuando acabe el rodaje del corto que mencionaba al principio, empezaré a buscar alguna fuente de ingresos. Según cuentan los lugareños no es complicado buscar sustento.

Voy terminando ya que como suele pasar me entra la prisa por terminar y de lo breve paso a lo críptico. En otra ocasión hablaré un poco más de este barrio tan peculiar que es la Boca y de otras partes de la ciudad que vaya descubriendo. Como siempre, todo mi cariño a todos los que están lejos y que espero sea proporcional al cariño con que se me lee.







1 comentario:

  1. Bueno paisano, me alegro que te lleves buenos recuerdos del Uruguay y los malos, como bien dices, ni merecen la frase. Desde luego te admiro, ni loco me mudo a Buenos Aires, no me gusta, mucho estress.

    Un abrazo miarma y muchisima suerte en tu nueva aventura argentina

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